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Los viajes de Rocinante (Entre Ríos – Corrientes): «De amistades y reencuentros»

De pequeño uno crea vínculos muy fuertes con sus amigos, esos en los que se comparte el día a día, las principales problemáticas que nos aquejan y las alegrías importantes del momento. Con el correr del tiempo algunas de estas amistades adolescentes se desvanecen, aún viviendo en una misma ciudad. Muchas se mantienen vigentes y otras, por cuestiones de la vida y sus obligaciones, se alejan a muchos kilómetros de donde estamos, manteniéndose intactas pero sin la continuidad de la presencia. El llamado de un amigo del alma firmó el acuerdo y esa inercia de cariño que rompe distancias y tiempos, nos hizo desviar la ruta hacia Mercedes Corrientes, el reencuentro, luego de muchos años, se dará en la capital del Gauchito Gil.

El temor a cualquier falla mecánica nos hace avanzar muy lento, la velocidad final de La Rocinante es como mucho de 65 km/h. En medio de ese andar a velocidad caracol, que no mata mariposas en la ruta, sino que las acaricia con el parabrisas, empezamos a tener un problema mecánico reincidente; cada vez que paramos por algo, la camioneta no arranca hasta luego de pasada una media hora. Pareciera como si luego de andar necesitara de una siesta reparadora que le permita seguir como si nada hubiera pasado.

Así que, como quién elude un hecho que de manera inminente va a tener que enfrentar en el futuro, decidimos ignorarlo y seguir, haciendo una especie de acuerdo tácito entre la Rocinante y nosotros, le damos su media hora, nos devuelve kilómetros de avance.

El sol caía a nuestra izquierda despidiéndose con un imponente naranja y contagiando con su color a los extensos verdes del campo entrerriano y sus lagunas. Decidimos hacer noche en un pueblito llamado Sauce de Luna. La belleza de su nombre le hace honor a la amabilidad de su gente, quienes apenas llegamos con la camioneta ploteada con un continente y una combi trepándole se pusieron a nuestra disposición. Esa noche nos prestaron un club donde dormir, nos dieron parrilla y leña en cantidad y estacionamos bajo una arboleda inmensa que nos aseguraba no amanecer asados. Son detalles que luego de tanto andar con calor y sin aire acondicionado, acarician el corazón.

Nos despertamos bien temprano con la intención de llegar ese día a Mercedes. El viaje se hizo largo bajo el extenuante calor y humedad del litoral argentino y a pesar de los berrinches mecánicos de la Rocinante, al final del día llegamos a lo de «Nano». Al bajar de la camioneta lo veo venir con un montón de bolsas de supermercado en sus manos, una sonrisa de alegría inmensa y toda la vigencia de una amistad que, a pesar de la distancia de espacio que nos separa, nunca se fue.

Un abrazo largo con el típico «¿¡Cómo andas tanto tiempo!?» cargado de emoción y risas nos reencontró. «Nano» nos abrió el portón de su patio y metimos a La Roci. Atrás quedaban las preocupaciones por el arranque de la camioneta, la tremenda pérdida de gas del anafe que no nos dejaba cocinar y la lucha interminable de cada noche con voraces y hambrientos mosquitos que ¡buscaban devorarnos! El reencuentro, luego de muchos años, de dos amigos que se conocen desde niños y ahora son adultos borraba cualquier tipo de malestar o nueva experiencia vivida, esas que se tendrán que hacer costumbre adaptada a medida que avance camino.

La noche inició con un asado y en la intención de querer abarcar todos los temas, interrumpidos por viejas anécdotas, nos volvió torpes en la conversación. Nos habíamos visto una vez en 7 años y aunque ya lo sabíamos, fue hermoso encontrarse con la amistad intacta, como si todavía viviéramos a 3 cuadras en Capital Federal o a 5 minutos en bici en General Pico y nos frecuentáramos todos los días. Hay cosas que el tiempo y la distancia, por suerte, nunca cambian…

Al acostarme esa noche, lleno de comida y emociones, se me vino a la mente un recuerdo:
Año 1994; las pelotas picaban contra el piso de parquet del «Gigante» de la Avenida y era mi segunda practica de básquet. Yo no vivía en Pico, por ende, no conocía a nadie y buscaba encajar en el grupo de nuevos compañeros. Uno de ellos, el más pequeño en altura, es intencionalmente revoleado por un grandote al grito de «¡te voy a enderezar la espalda!». Al terminar esta secuencia que rozaba la violencia, me acerco a él y le pregunto con la intención de relacionarme; «¿Vos también tenés desviación de columna?» El chiquito me miró y estalló en carcajadas y a los gritos empezó a llamar a su agresor para contarle. La vergüenza me invadió de tal manera que pensé no volver, Estuve toda la clase sin hablar con nadie. Al finalizar la misma, sintiéndome incómodo y molesto, ambos protagonistas se acercan a mi y yo los miré preparándome para reaccionar ante otra burla semejante. Ante mi sorpresa, el chiquito extiende su mano y me dice «Hola flaco, me llamo Nano y el es Rodrigo, vos ¿como te llamas?» Y acá estamos, luego de 27 años celebrando una amistad que inició de esa manera. Queda claro que no siempre el principio de una relación, determina su continuidad.

Gracias Nano y Mariana por estos días alucinantes cargados de presentes y recuerdos entrañables ¡Nos vemos en Los Esteros del Iberá!   

(NdR.): Los invito a acompañarme y ser parte de este sueño, que luego de ese arranque de motor frente a los ojos vidriosos de mi familia está por empezar. Los espero en @losviajesderocinante y por este medio para seguir de cerca las diferentes vivencias que se vayan presentando ¡A rodar y agradecer a todas las personas y empresas que desde su lugar y aporte lo hicieron posible!

Acá, la primera parte del viaje de Diego Martín.


2018. General Pico. La Pampa. Argentina.

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