Sociedad

Un amor de dos mundo: cómo viven en el país los chicos adoptados en Haití

Juan Carlos Acuña tuvo un sueño cuando era joven: que algún día iba a tener un hijo que se llamaría Uriel. ¿Ser padre? Algo que le resultaba lejano, pero que finalmente llegó cuando menos lo imaginaba. Ahora, cuando lo cuenta otra vez entre unas palomas que revolotean buscando migas sobre una mesa de café, vibra. Nada podrá compararse, de todos modos, a la emoción del día en que realmente conoció a Uriel. Ese momento preciso en el que se dio cuenta de que el niño que tenía frente a sí era el que había dibujado en su cabeza mientras dormía exaltado por una idea posible de destino. Uriel: el único.

Curiosas las vueltas de la vida. Uriel tenía seis meses cuando conoció al hombre que es su papá. Ese fue un día húmedo después de una tremenda tormenta tropical. Cuando llueve, Puerto Príncipe, donde nació, se vuelve intransitable. Y eso, créase o no, terminó determinando su futuro.

Juan Carlos había llegado a Haití porque quería adoptar un chiquito. Siguió un camino ya transitado por otros. Es que ante las dificultades que presenta el sistema de adopciones en la Argentina –para algunos, demasiado engorroso–, cada vez son más los que deciden buscar niños nacidos en países que permiten adopciones extraterritoriales. La tecnología acorta las distancias y hace ese proceso posible, tanto para las parejas como para mujeres y hombres solteros, muchos de los cuales se cansaron de esperar el llamado de un juez en nuestro país, que puede tardar demasiado.

Fue así que Haití se transformó en una opción posible. No es que allí los trámites sean muy sencillos. Pero el proceso es viable. Pueden adoptar matrimonios o parejas de más de 30 años, hombres o mujeres solteros de entre 35 y 50. Una autoridad central, llamada IBESR, es la que decide si un menor cumple con el criterio de adoptabilidad. Pueden ser huérfanos, abandonados, chicos cuyos padres han perdido su custodia por problemas con la ley. A Haití van adoptantes de todo el mundo. Y de la Argentina, también.

El niño que iba a adoptar originalmente Juan Carlos iba a ser otro, no el que terminó viniendo con él todo vestido de celeste. Era uno que un juez haitiano ya le había otorgado en guarda antes de que saliera de Ezeiza. Y él lo estaba esperando en casa de una amiga argentina, que entonces vivía en Puerto Príncipe. Pero la lluvia hizo que hubiera un enroque: el niño “original” no pudo salir de su casa. Y Uriel, que iba hacia un orfanato, se ganó un padre.

Todo ocurrió con dulzura. Y algo de dramatismo también. Uriel descansaba en una cama grande contra una pared. Y Juan Carlos lo contemplaba. Miraba cómo, poco a poco, esa cosita que tenía seis meses y gateaba con una pierna sola, se le iba acercando. Tardó 45 minutos en hacer el trayecto desde una esquina hasta el borde de la cama, donde esperaba Juan Carlos. Cuando llegó, el bebé le agarró el dedo. “Es Uriel”, pensó el argentino. Sintió un escalofrío en el cuerpo.

Al día siguiente, llegó nomás el otro bebé, que por fin pudo salir de su casa. Pero Juan Carlos ya se había decidido. A costa de perderlo todo, había tomado la determinación de no apartarse de Uriel. Cuando se lo contó al juez de familia, casi lo mata. La madre de la otra criatura, también. Pero, al final, todo sucedió como el destino quería. El juez vio un lunarcito en la cara de Uriel –una potencial “imperfección” que dificultaría que otro padre se lo quisiera llevar– y al fin cambió de opinión.

En el vuelo a Buenos Aires, Juan Carlos pensó: ¿ahora qué hago? “Y entonces, me agarró la mano. Fue tan fuerte, que me dijo la respuesta. La respuesta era que íbamos a estar juntos. Y ahí empezó nuestra vida”, recuerda. Uriel, que ya tiene 7 años, va a una escuela privada en Caballito. Y en verano, a la colonia de Ferro. Aunque su nombre legal sigue siendo Alexandre Lormeus, todos lo llaman como su papá. Su belleza es impactante.

De la mano de la Selección.

Según los cálculos de los propios adoptantes argentinos, hay entre 100 y 120 niños que fueron adoptados en Haití. Como los chicos provienen de distintos orfanatos, es muy difícil hacer el cálculo preciso. Como Uriel, muchos de ellos tienen colgada la bandera de Haití en la habitación. Para él, es un símbolo de identidad esencial, aunque hable como un porteñito más. Estos niños representan una etapa inédita en la Argentina: son negros, hijos de padres blancos. Y la sociedad en la que están creciendo sanos y felices los mira mucho. A veces con envidia y admiración, otras con una curiosidad intrusa.

El fenómeno de adopción de niños en Haití se visibilizó cuando los chicos salieron de la mano de los jugadores de la Selección Nacional, en el partido que disputó el 29 de mayo contra el equipo del país caribeño, justo antes del Mundial de Rusia. Muchos de los chiquitos sintieron cierto conflicto: ¿hinchar por un país o por otro? Jamesly Panés, de 5 años, llegó a la conclusión más lógica: “Yo quiero que empaten”, le dijo a la mamá. El es un niño vivaz, bello. Sandra Panés, su madre, logró adoptarlo luego de un intenso esfuerzo personal que empezó con una inquietud urticante que le picó a los 45. La inquietud de tener un hijo.

El deseo

Sandra hizo en la vida todo lo que quiso. Es socióloga, viajó por todos lados. Vivió ocho años en Washington DC, a donde llegó para casarse. El pacto de amor entre los dos había quedado sellado con una promesa: no tener hijos. Pero, en un momento, ella cambió de opinión. Para colmo, su madre se enfermó y tuvo que volver a la Argentina para cuidarla. Fue así que se instaló otra vez en estos pagos. Al principio empezó el trámite de adopción en el país. Pero, como no podía cumplir con el requisito de cinco años de residencia,sintió que se le cerraban las puertas. “En octubre de 2012 fui a Formosa. Tuve una entrevista con la jueza. Le pregunté: ¿cuántos chicos dieron en adopción? 24. Cuántas familias se inscribieron: 130. Me dije: entonces, esto no es”, relata ahora.

Averiguando entre amigos, compañeros de trabajo y conocidos, llegó a la conclusión de que su camino era adoptar en otra parte. Y surgió el nombre de Haití. ¿Cómo empezar?

Hay que tener imaginación y tenacidad para emprender semejante asunto. Pero está probado que, cuando el deseo es fuerte, hasta las montañas se corren de lugar, no existen los océanos. Fue así que Sandra se enteró de la existencia de un hogar en las afueras de Puerto Príncipe que se llama Ruuska Village. Jamesly había ingresado allí a los dos meses. La idea de su madre, presuntamente, era que alguien lo adoptara y que se fuera a otro país.

Ruuska Village es un lugar donde muchas familias argentinas encontraron a sus hijos. Lo fundó hace más de 30 años Barbara Walker, una norteamericana a la que se conoce como “La mujer de azul”, porque siempre está vestida con túnicas largas de ese color. Los días que había Internet, que no son siempre, ella bajaba los mails que le llegaban y así empezaban los contactos que, generalmente, terminaban en una adopción. Funcionó hasta finales de 2012. Porque después cambió la ley y esta institución fue corrida del sistema.

Es necesario aclarar que ni Sandra ni otras familias que adoptaron niños a través de Ruuska Village pagaron dinero. Al contrario: debieron hacer igual que en la Argentina la famosa carpeta. Esto es: demostrar que contaban con los recursos económicos como para adoptar un niño, trabajo, casa, informes tanto psicológico como socio-ambiental, etc. Además, tenían que hacer sellar todo en la Cancillería y conseguir cartas en la que algún cura de Iglesia declaraba que la familia adoptante era cristiana.

Sandra conoció a Barbara en septiembre de 2012, cuando viajó a Haití a ver por primera vez a Jamesly. Era su primer cumpleaños y ella se moría por conocer a su futuro hijo aunque los trámites no estuvieran terminados. El chiquito estaba durmiendo en una cuna cuando llegó al hogar. No quiso despertarlo. Se quedó mirándolo. “Fue súper amoroso. Le conté que mamá iba a volver a buscarlo”, dice. Efectivamente, el trámite terminó unos meses más tarde. Y Sandra volvió a Haití. Juntos viajaron a la Argentina. “Llevaba un ángel conmigo. Emprendimos un maravilloso camino de amor”, dice. A partir de entonces, pensó, “nada va a pasar en donde no estemos los dos juntos”.

Terremoto y después

Marcela Dacerio es profesora de gimnasia. Una tipa activa y optimista como las hay pocas. Siempre tirando para adelante, se anotó en el registro de adopciones. Con su marido, habían pedido un niño hasta 8 años y viajado a Salta. Nada. Pero ella quería dar más amor, dice. Un día, en 2010, escuchó por la radio que por el brutal terremoto de Haití había niños que estaban siendo enviados en adopción hacia Holanda. “Tal vez haya una puertita ahí”, pensó.

Ni corta ni perezosa, se tomó el colectivo y fue a preguntar a la embajada de Haití, en la Avenida Figueroa Alcorta. Allí no le dieron ninguna información en particular. Pero en la vereda conoció a una argentina que estaba preocupada por la salud de su bebé haitiano. Y le contó del Ruuska Village.

Marcela se animó a escribir recién un año después del sismo. “Escribí el mail y no recibía respuesta. Pensaba: esto no es para mí. Es que uno se tira abajo. Pero más tarde me contaron que en Haití no había Internet. Y que como Barbara recibía unos cien mails por día, tal vez no había alcanzado a leer el mío. Me recomendaron que insistiera. Así lo hice hasta que, un buen día, Barbara me contestó”, cuenta ahora. Así empezó todo.

Marcela relata todo de manera muy especial. Sobre los requisitos que le pedían, dice: “Todo era un chicle que había que ir desarmando”. “Lo que más me costó conseguir fue la carta del cura. Me hablaron de un padre de la Iglesia de las Monjas Francesas. Mi terapeuta se había casado ahí. Pero también se necesitaban cartas de recomendación de personas que hablaran de vos. Todo había que traducirlo al francés. Había que presentar tests psicológicos, el informe de una contadora…” Así fue amasando el papeleo durante meses. Y, un buen día, con todos los requisitos completos, mandó el paquete por correo. “Es como tirar una botella al mar. Son cosas que uno hace para ser mamá o papá. Casi un acto de fe. Una esperanza que se va desarrollando y que, al final, se da”, señala ahora.

Fue así como Davidson Fortilus llegó a su vida. Un pibe flaquito, travieso, hoy de 6 años. Súper simpático. Lo fueron a buscar el 31 de diciembre de 2013. Ese día, casi no viajan porque al marido de Marcela, Adolfo Jajam, lo tuvieron que internar con dolores en el pecho. Pero, pese a todo, llegaron a Puerto Príncipe. “El primer día, lo habían vestido con zapatitos y un trajecito lindo. Ya le habían hablado de que sus papás lo vendrían a buscar”, recuerda.

Hicieron una corta transición con él en el hogar y luego pasaron diez días más en un hotel en la playa, gracias a los puntos que se habían ganado con la tarjeta de crédito. El enganche fue inmediato. “Nos agarró de la manos”, recuerda. Y se unieron los destinos. “Davidson es mi hijo. Ir a buscarlo a Haití fue mi forma de ser mamá. No es que estaba en una misión humanitaria y lo vi. No. Fue lo que se me presentó en la vida, en una búsqueda”, sostiene.

Llegar a la Argentina

Una cosa es el deseo, otra su concreción. La realidad siempre tiene cosas para contarnos distintas a las que imaginamos. Y esto no se refiere a que las familias no sean felices, sino al ejercicio de inserción social en un país que no está acostumbrado a ver padres de razas diferentes a sus hijos como puede pasar en los Estados Unidos o Europa. Ese contraste genera respuestas que son sorpresas.A veces, desagradables. Y, cada grupo familiar, tuvo que generar sus anticuerpos.

Todos cuentan que la primera sorpresa fue llegar con los bebés a Ezeiza. Algunos, les pedían sacarse fotos junto al bebé, otros tocarles la cabecita. Empezaron a aparecer preguntas hechas sin tacto alguno: ¡Qué lindo! ¿De dónde lo sacaste? ¿Cómo se puede hacer para tener uno? “En el aeropuerto de Haití era la única blanca. Y al llegar a la Argentina, Jamesly era el único negro”, recuerda Sandra Panés.

Como en todo proceso de adopción, cada familia debe manejar el tema del origen. Marcela, por ejemplo, tiene una foto de la mamá biológica de Davidson, a quien llegó a conocer. Y la guarda en una carpeta, en la que ella va recopilando momentos de la infancia del niño como si fuera una coleccionista filatélica. “Un día le mostré el video de una mamá que había ido a buscar un niño al Ruuska Village. Así te fuimos a buscar nosotros”, cuenta.

Pero no siempre se tiene tanta información. Juan Carlos, por ejemplo, todo lo que sabe del origen del niño es la ropita con la que lo conoció. Que, obviamente, guarda como una reliquia. Un día Uriel le preguntó: ¿Yo no tengo mamá? “Y todo lo que había planificado decir se me esfumó. Le dije: Sí, tenés mamá. Todos tenemos mamá. Vos naciste de una mamá haitiana que te amó tanto que quería darte cosas que no podía. Yo también quería darte cosas. Y vos estás conmigo por el gran amor que tuvo tu mamá de confiar en mí, de que yo te podía dar ese amor. Y cuidarte –recuerda–. El, entonces, me abrazó. Y me dijo: ¡ah, bueno! A los días, una compañerita le preguntó: ¿Uriel, vos tenés mamá? Y él le dijo: Me amó mucho pero se quedó en Haití. Ah, bueno, contestó la nena”. Pura naturalidad.

Ahora, son niños binacionales, con orgullo en la sangre en ambos sentidos. Al entrar a hacer la sesión de fotos para esta nota, los tres chicos, excitados y revoltosos, repararon en el grifo en una pileta del estudio. Tenía marcado el color azul para el agua fría y el rojo para el agua caliente. Pero ellos no vieron eso. Uno de ellos gritó, entonces, con entusiasmo: “Miren: es la bandera de Haití”. Y se pusieron felices.

Adoptar en el país: un camino largo pero también posible

En ningún país la adopción es fácil. Y en la Argentina tampoco. Pero no es imposible. Para empezar, hay que anotarse en el Registro Único de Aspirantes a Guarda (RUAGA). Puede ser en la Ciudad de Buenos Aires o en juzgados de familia provinciales. En la primera etapa, hay que reunir la documentación necesaria: la famosa “carpeta”. Esta tiene que contener un informe psicológico y socio-ambiental. Una vez que se aprueba el legajo, los datos del aspirante entran a un registro nacional, cuyos datos están a disposición de todos los juzgados. ¿Con qué criterio los jueces asignan un niño a una familia? “No hay uno solo. Es por orden de inscripción, por las características de los niños, etc. El criterio, al final, es de los jueces con su equipo”, dice Leonor Wainer, de la Fundación Anidar. Ella reconoce que los tiempos de espera son largos, de tres años como mínimo. Y que muchos se cansan y prefieren adoptar en otro lado. La licenciada aclara que, para los jueces, no es lo mismo “entregar un bebé a alguien de 30 que a uno de 50”. La gran mayoría de chicos en condiciones de adoptabilidad en la Argentina tienen entre 6 y 17 años. Según datos de este año, de 5.412 inscriptos en el registro, sólo 820 aceptaban niños mayores de 8. El 90 por ciento quiere bebés. “Cuando uno piensa en tener un hijo, piensa en un bebé. Pero el sistema de adopción tiene otras características –dice Wainer–. La prioridad y el foco están puestos en el derecho del niño a tener una familia. Y no al revés.”

Clarín

2018. General Pico. La Pampa. Argentina.

Arriba